Las
tensiones de la vida moderna, la hipercompetencia en el terreno individual y
empresario, la presión del reloj, la exigencia de un constante
perfeccionamiento profesional, etc., son situaciones que tienden a alterar el
estado emocional de la mayoría de las personas consideradas normales,
llevándolas al borde de sus propios límites físicos y psíquicos.
De la ira al entusiasmo, de la
frustración a la satisfacción, cada día nos enfrentamos a emociones propias y
ajenas. La clave está en utilizar las emociones de forma inteligente, para que
trabajen en beneficio propio, de modo que nos ayuden a controlar nuestra
conducta y nuestros pensamientos en pos de mejores resultados.
Hoy no basta con un alto coeficiente
intelectual para triunfar profesionalmente, para competir o para desarrollar
una empresa; se requiere un control emocional adecuado, que nos permita tener
una interacción armónica en nuestro ambiente laboral: socios, colegas,
empleados, proveedores, clientes, etc.
Sin duda alguna, la inteligencia
emocional no es una varita mágica; no garantiza en una empresa una mayor
participación en el mercado ni un rendimiento más saludable. Pero si se ignora
el ingrediente humano, nada de lo demás funcionará tan bien como debería. Las
empresas cuya gente colabora mejor tienen ventaja competitiva.
En ese sentido, las facultades de la
inteligencia emocional son sinérgicas con las cognitivas; los trabajadores
excelentes poseen las dos. Cuanto más complejo es el trabajo, más importante es
la inteligencia emocional, aunque sólo sea porque la deficiencia en estas
facultades puede dificultar la aplicación de la pericia técnica y el intelecto
que se tenga.
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